El cuidado también es trabajo

El cuidado también es trabajo
12 noviembre 2018 Jessica Murillo

En España existen más de 2,3 millones de personas dependientes que necesitan ser cuidadas por otras. La mayoría de esos cuidados los hacen las familias. El 89% madres, esposas, abuelas… Los roles y estereotipos arraigados en la sociedad dificultan que la situación cambie. Se necesita educación y políticas públicas.

Jéssica Murillo Ávila, periodista experta en igualdad e intervención en violencia de género

El pasado cinco de noviembre se conmemoró el Día Mundial de las personas cuidadoras. Una jornada que tiene por objetivo reconocer el esfuerzo y la dedicación de estas personas, ya que en la mayoría de las ocasiones se trata de un trabajo gratuito e infravalorado socialmente. Un ejemplo de ello lo tenemos en que casi siempre que se habla de trabajo, pensamos solamente en el empleo remunerado. No obstante, existen otros muchos que no son empleo, entre ellos el trabajo de los cuidados del hogar y de la familia. Ello implica, entre otras actividades: cocinar, lavar, atender a las personas enfermas, limpiar, llevar y traer a las y los niños al colegio y las actividades extraescolares, asistir a las reuniones del AMPA, acompañar al consultorio médico a quienes enferman…

Los trabajos de cuidados son esenciales para mantener el bienestar de las personas, pero, a pesar de ello, están poco valorados.  Sin embargo, si esos servicios se valorasen sobre la base de un salario mínimo por hora, equivaldría al 14,9% del PIB español y el 9% a nivel mundial.

Todas estas tareas, cuando no son compartidas, pueden resultar duras y agotadoras, ya que requieren tiempo y esfuerzo. Por desgracia, la distribución de estas actividades sigue siendo diferente. La participación de las mujeres es mayor que la de los hombres en este ámbito. Los datos del INE lo dejan claro. Demuestran que las mujeres dedican de media 26,6 horas de trabajo no remunerado frente al 14% de los hombres. La división rígida de los roles y los estereotipos de género mantenida a través de la educación, ha llevado a esta situación que es, a su vez, uno de los principales factores de la desigualdad de género en el empleo.

Un estudio de la Organización Mundial del Trabajo ha demostrado que España es el quinto país de la Unión Europea con mayor porcentaje de mujeres que no están en el mercado laboral debido a las tareas de cuidado. Así, entre las más de 25.000 personas que en nuestro país se ven obligadas a dejar de trabajar para cuidar, la mayoría son mujeres. Además, el 90,93% de las excedencias registradas para cuidar de la familia fueron solicitadas por ellas. Asimismo, un 7% de las mujeres que se encuentran en situación de inactividad en España no trabajan porque están a cargo de alguien menor o dependiente.

Esto es así porque a las mujeres se las educa para el cuidado de otras personas sin esperar nada a cambio, valorándose esa entrega absoluta y de renuncia a ella misma. Por ese amor entregado que no pide nada a cambio, las mujeres cuidan de las personas mayores, dependientes e infancia, asumiendo una carga de trabajo que si hubiera que pagarlo sería inasumible. José Antonio López Trigo, presidente de la Sociedad española de geriatría y gerontología, afirma que “ese afecto termina dañando a la persona que cuida porque esa entrega sin límites lleva al aislamiento social: dejan de relacionarse con la familia, amistades… y de preocuparse de su propia salud”. Un trabajo exigente y poco reconocido que cambia sus vidas. Sin embargo, más allá de la falta de tiempo para mantener sus vidas personales, las repercusiones económicas y la falta de reconocimiento social, también se enfrentan al llamado Síndrome de la cuidadora quemada. Una afectación de la salud debida a la sobrecarga de trabajo. Hecho que se traduce en cuadros sintomáticos como apatía, pérdida de energía, trastorno del sueño, bajo estado de ánimo, desgaste físico, cansancio extremo, problemas musculares y depresión.

Cuidar a quienes nos cuidan sigue siendo un reto pendiente. La solución pasa por la corresponsabilidad en el hogar y que el Estado promueva prestaciones de servicios adecuados a través de políticas públicas que apoyan y protejan a las personas dependientes y a sus familias. Es decir, que se deje de delegar la responsabilidad en las familias, y más concretamente en las mujeres.

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